La obesidad genera una inflamación crónica de bajo grado que daña los vasos sanguíneos y afecta al cerebro
Catedrático de Neurogenética en el Hospital Universitario de Colonia (Alemania), investiga por qué algunas personas desarrollan alzhéimer y otras enfermedades neurodegenerativas, mientras que otras alcanzan edades muy avanzadas sin apenas deterioro cognitivo


La longevidad ha dejado de ser una promesa para convertirse en una realidad. En este nuevo escenario, las enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer, el parkinson o algunas formas de demencia se han convertido en uno de los grandes retos de la medicina del siglo XXI. El doctor Alfredo Ramírez, médico chileno y catedrático de Neurogenética en el Hospital Universitario de Colonia (Alemania), lleva más de dos décadas investigando los mecanismos genéticos y biológicos que intervienen en estas patologías, así como los factores que explican por qué algunas personas desarrollan deterioro cognitivo mientras otras alcanzan edades muy avanzadas manteniendo sus capacidades mentales.
Sus investigaciones combinan genética, biomarcadores e inteligencia artificial para comprender cómo envejece el cerebro y avanzar hacia una medicina de precisión capaz de anticiparse a la enfermedad antes de que aparezcan los primeros síntomas. Mientras los biomarcadores y la medicina personalizada abren posibilidades impensables hace apenas unos años, Ramírez —que participó recientemente en el congreso BCNPit, organizado por Ace Alzheimer Center Barcelona— forma parte de una generación de científicos que está transformando la manera de entender el alzhéimer. Su mensaje es esperanzador: envejecimiento y alzhéimer no son sinónimos. Comprender esa diferencia puede ser una de las claves para vivir más años, pero sobre todo para hacerlo con un cerebro funcional durante más tiempo.
¿Qué le llevó a especializarse en neurogenética?
Terminé medicina con la convicción de que quería comprender las causas biológicas de las enfermedades, no solo tratarlas. La genética era el campo que mejor podía responder a muchas de esas preguntas y, como en Chile apenas estaba desarrollada a finales de los noventa, me trasladé a Alemania para dedicarme a la investigación. Desde entonces, la neurogenética se ha convertido en el eje central de mi carrera científica.
¿Y cómo acabó el alzhéimer convirtiéndose en el centro de su investigación?
Empecé estudiando trastornos neurodegenerativos hereditarios y parkinson, pero el alzhéimer fue absorbiendo cada vez más mi atención. Lo que me atrapó fue su relación con el envejecimiento; una cosa es la edad cronológica, la del DNI, y otra el envejecimiento biológico. El alzhéimer no es simplemente un cerebro que envejece más rápido; es una enfermedad neurodegenerativa en la que la edad actúa como acelerador, no como causa. Es como si hubiera fuego y alguien le echara gasolina: la edad puede hacer que arda con más intensidad, pero el fuego ya estaba ahí.
Entonces, ¿el alzhéimer es una enfermedad del envejecimiento o un envejecimiento acelerado del cerebro?
Es una enfermedad neurodegenerativa en la que la edad contribuye, pero no lo explica todo. La edad cronológica es un resumen imperfecto de todo lo que el cuerpo ha vivido: enfermedades cardiovasculares, diabetes, golpes, hábitos. Con los años, el cerebro pierde capacidades, entre ellas la de limpiar desechos celulares, y cuando esa limpieza falla y hay procesos neurodegenerativos en marcha, la enfermedad progresa más rápido.
¿El envejecimiento cerebral es inevitable?
En parte, sí, pero no del todo. El envejecimiento afecta a muchos sistemas, y la pregunta clave es cuáles de esos mecanismos aceleran realmente el deterioro cerebral. Uno de los más estudiados ahora es la senescencia celular: células que dejan de comportarse con normalidad sin llegar a morir. En cáncer pueden tener un efecto protector; en el cerebro, se investiga si eliminarlas podría frenar la progresión hacia la demencia. Aún no tenemos respuesta, pero la dirección es prometedora.
¿Qué ocurre en el cerebro antes de que aparezcan los síntomas?
La enfermedad empieza mucho antes de los primeros olvidos, y por eso buscamos biomarcadores, igual que en diabetes medimos el azúcar. En el alzhéimer buscamos señales de que ciertas proteínas se están acumulando: el amiloide, que forma placas, o la tau, que se acumula dentro de las neuronas. Pero estos marcadores no nos dicen cuánto hay de envejecimiento biológico asociado, y distinguir eso es clave para tratar mejor a cada paciente.
¿Por qué es tan importante distinguir entre la enfermedad y el envejecimiento?
Porque no tratamos enfermedades, tratamos pacientes. Dos personas con alzhéimer pueden tener mecanismos muy distintos detrás de su deterioro: en una puede pesar más la patología amiloide; en otra, la fragilidad, la inflamación o la salud vascular. Si el envejecimiento está acelerando la progresión, tratar solo el amiloide no será suficiente. Probablemente, la enfermedad acabará tratándose no con una única medicina, sino con combinaciones que actúen sobre varios frentes a la vez.
Ha mencionado varias veces los biomarcadores. ¿Qué son exactamente?
Una señal medible que indica que algo está ocurriendo en el organismo: una proteína, un marcador epigenético, cualquier elemento que cambia con el tiempo y que nos permite ver lo que la genética sola no puede mostrar. La genética es estática, nacemos con ella, y es como el plano de una casa: te dice cómo está construida y dónde pueden estar los puntos débiles. Los biomarcadores te dicen si esos puntos débiles están empezando a fallar.
Entonces, la genética no determina nuestro destino…
No. Aumenta o disminuye probabilidades. Hay personas con alta susceptibilidad genética que nunca desarrollan la enfermedad, y personas que llegan a los 100 años sin deterioro cognitivo. Eso demuestra que el envejecimiento y el alzhéimer están relacionados, pero son en parte independientes.
¿Qué papel tiene el estilo de vida?
Muy importante, porque hay factores que sí podemos modificar: dieta, ejercicio, sueño, alcohol, tabaco, actividad social. La genética, por ahora, no podemos cambiarla, pero los hábitos sí. Por ejemplo, la fragilidad es un marcador de envejecimiento, y uno de sus componentes es la pérdida de masa muscular. Por eso, a partir de cierta edad, no basta con el ejercicio cardiovascular, el ejercicio de fuerza es de vital importancia.
¿El ejercicio puede reducir incluso un riesgo genético?
Hay estudios que sugieren que una vida activa puede reducir el riesgo asociado al APOE4, el factor genético más conocido en alzhéimer. El ejercicio actúa en varios frentes a la vez: mejora la salud cardiovascular, mantiene la masa muscular, reduce la fragilidad y probablemente influye también en los procesos de neurodegeneración. Es uno de los ejemplos más claros de que la genética no tiene la última palabra.
Se habla mucho del ejercicio de fuerza como factor de longevidad, pero ¿qué hay del cardiovascular?
También es fundamental. Con la edad, las paredes de los vasos sanguíneos se vuelven más rígidas, dificultando la llegada de sangre y oxígeno al cerebro. Pero hay algo menos conocido: las arterias participan también en su limpieza. Con cada latido ayudan a movilizar los líquidos que bañan las neuronas y a eliminar desechos, y si pierden elasticidad, esa capacidad se reduce. El ejercicio cardiovascular ayuda a mantenerla durante más tiempo.
¿Qué papel tiene la dieta?
La dieta mediterránea es una de las más recomendadas: rica en pescado, omega-3, cereales y vegetales, y muy distinta de la occidental basada en comida rápida y exceso de carne. Uno de sus efectos positivos tiene que ver con la inflamación: la obesidad genera una inflamación crónica de bajo grado que daña los vasos sanguíneos, afecta al cerebro y reduce la capacidad del organismo para recuperarse.
Pero la dieta mediterránea no es solo lo que se come.
Exacto. Es también cómo se come: en familia, con los abuelos y los nietos, conversando, discutiendo. Eso es un desafío cognitivo en sí mismo. Por eso recomendamos hacer vida social, salir, conversar, mantener la mente activa. La actividad social también forma parte de la salud cerebral.
Hoy dormimos peor. ¿Qué le hace eso al cerebro?
El sueño es fundamental, y no solo para el descanso. Durante el sueño profundo, el cerebro realiza parte de sus procesos de limpieza, los mismos que, cuando fallan, contribuyen a la acumulación de proteínas como el amiloide. Hay correlaciones claras entre mala calidad de sueño y riesgo de alzhéimer, aunque aún no sabemos con precisión cuánto forma parte del envejecimiento normal y cuánto contribuye activamente a la neurodegeneración. Lo que sí sabemos es que lo importante es tener una buena calidad del sueño y que sea profundo y reparador.
¿Qué biomarcadores indican daño cerebral?
Hay marcadores de destrucción neuronal, como la proteína tau o la NFL, que se liberan cuando las neuronas se dañan o mueren. El problema es que algunos son inespecíficos: nos dicen que hay daño, pero no siempre nos dicen si ese daño se debe al envejecimiento, al alzhéimer o a otra forma de demencia. Por eso necesitamos biomarcadores más precisos que permitan distinguir entre procesos, y eso es precisamente en lo que trabajamos.
¿Cómo imagina la salud cerebral dentro de 20 o 30 años?
Creo que avanzaremos hacia una medicina mucho más preventiva y personalizada. Igual que hoy controlamos la presión arterial o el azúcar, en el futuro controlaremos biomarcadores de envejecimiento y neurodegeneración. Y podremos decirle a cada persona, por su perfil genético y biológico, si le conviene este tipo de dieta, este ejercicio o este seguimiento. No será un consejo genérico, sino una prevención diseñada específicamente para la persona, antes de que aparezca la enfermedad.
¿La medicina del futuro mirará más al paciente que a la enfermedad?
Exactamente. No se trata de ver un órgano que falla, sino a una persona entera: su genética, su historia, su metabolismo, su contexto. Si conseguimos intervenir cuando todavía está sana, evitamos que llegue al sistema sanitario con la enfermedad avanzada, y eso también permite reservar los tratamientos más complejos para quienes realmente los necesitan.
Entonces, ¿la clave de la medicina del futuro es actuar antes de que aparezca cualquier síntoma?
Exacto. Igual que los niños van al pediatra para controlar su desarrollo, los adultos deberían tener controles preventivos para su salud cerebral. El cambio de paradigma es pasar de esperar a que algo falle a mantener sana a la persona. Y tiene también una lógica sanitaria evidente: es mucho menos costoso acompañar a alguien sano que tratar una demencia avanzada.
¿Qué le da esperanza?
Que estamos empezando a entender de verdad cómo se conectan envejecimiento y neurodegeneración. Cada vez que identificamos un mecanismo, una señal, una vía de intervención, nos acercamos a una medicina capaz de anticiparse a la enfermedad. Mi objetivo ideal sería que los congresos científicos pudieran dedicarse a hablar de arte, porque ya no hubiera alzhéimer del que ocuparse. Que un día esta enfermedad deje de definir la vejez, y podamos dedicarnos simplemente a envejecer bien.
